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1.7.06 

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

Entre mediados y finales de los 80 el mundo vio como dios metía la mano en un partido de fútbol y daba el mundial que todo mago del balón merece al pelusa, asistimos al nacimiento de un tema estridente que hizo las delicias de las mozas y mozos de la epoca, The final countdown de los peludos Europe; y vimos morir, entre otros, al último gran genio del que se tiene constancia, Dalí.



En esa época, los chavales como yo, aparte de prestar atención en mayor o menor medida a acontecimientos similares a los mencionados, intentábamos pasárnoslo de puta madre. Los había que disfrutaban pegándole patadas al balón (otros optaban por pegarle las patadas a sus semejantes), los que disfrutaban tirándose por los suelos jugando a Rambo o a indios y vaqueros, los que perseguían a las niñas y los que hacían todo a la vez.

A mí personalmente por aquella época me gustaba todo (menos lo de perseguir a las niñas), y aunque no podría situar algo por encima del resto, en esta ocasión voy a hablaros de las pillerías, aquellas pequeñas cosas que podías hacer al margen de la ley sin necesidad de hacer daño o perjudicar a nadie (o a casi nadie)

La mayoría de las ilegalidades las cometía cuando bajaba a Barcelona y me juntaba con mi primo, que a la vez se juntaba con lo más granado de Sant Adrià y alrededores, chavales procedentes de familias desestructuradas con horas y horas por delante y nada más que ganas de pasarlo bien para ocuparlas. La mayoría fumaban, tenían navajas balisong, que sólo usábamos para practicar acrobacias (todavía mantengo una gran destreza con ella), y se conocían todas las artimañas para que la vida les saliera más barata que al resto de la gente.



Uno de nuestros pasatiempos favoritos era ir hasta la parada de metro de La Paz, y aprovechando que el arquitecto cometió una gran cagada colocando la garita casi de espaldas a la entrada, colarnos para pasarnos horas y horas circulando por el subsuelo de la ciudad: llegábamos al final de una linea, hacíamos transbordo para pasar a otra y así sucesivamente hasta que el olor peculiar del metro se te incrustaba en el olfato.

Para podernos colar en los autobuses y otras paradas de metro normales, usábamos una tarjeta de multiviajes, esas de cartón que cada vez que eran utilizadas la maquina le añadía una muesca hasta agotarla; que habíamos abierto por el medio para colocar una hoja de afeitar en el lugar donde la maquina picaba, que engañada dejaba la barrera abierta para que se pudiera pasar.



Pero no todo lo perpetre en Barcelona. En un centro comercial a escasos diez minutos, una doble vía de tren de cercanías y dos autopistas de donde yo vivía, había una gran superficie llamada Continente que ahora es ocupada por un Carrefour. Allí mi hermano y yo fuimos especialmente crueles, pues nos conseguimos la colección entera de los G.I. Joe, material que debe estar pudriéndose en el fondo de un cajón de uno de mis numerosos primos. Allí he visto a chavales pasar monopatines y pelotas de fútbol rodando por delante de la cajera sin darse cuenta, aunque aveces eran sorprendidos y tenían que salir corriendo, práctica que nunca me gustó ya que yo tenía que trabajar sin riesgo de ser descubierto, rehuyendo el “enfrentamiento” directo.

Otro de nuestros logros consistía en ir a las antiguas cabinas de Telefonica, de esas que tenían una palanca para colgar el auricular y, como antiguamente no era necesario meter dinero para marcar, al descolgar la otra persona, tirábamos de la palanca tres veces seguidas a una velocidad determinada (ni muy rápido ni muy lento) y conseguíamos hablar con la otra persona gratis.

Trucos así los había a montones, como el de echar dinero a una máquina expendedora de refrescos y darle sucesivamente a dos botones a la vez para que salieran ambas latas. O el de atar un hilo a una moneda de quinientas, meterla en una maquina de tabaco, dejarla resbalar hasta escuchar el “clic”, elegir el tabaco y soltar el hilo para que te devolviera la moneda y el cambio.

Recuerdo tardes enteras jugando a la magnífica recreativa de “Wonderboy” ya que cuando te mataban, al llegar la cuenta atrás a cero, dándole a unos botones haciendo un juego adecuado con el mando, volvías a empezar sin echar dinero.

Todas estas artimañas que hacían la vida más divertida sospecho que se han perdido, ya que la gente que las descubría, seguramente personas con poca faena y mucho tiempo libre, ya no lo emplean en hacer cosas útiles, sino que lo utilizan en hacer blogs.



Y para acabar pido disculpas a todos aquellos que han llegado hasta aquí pensándose que iba a hablar de aquella maravillosa serie de los ochenta cuyo nombre titula este post. Para todos vosotros, aquí os dejo un vídeo que seguro que disfrutaréis.



Señor Lebowski, su post me ha traído a la mente mis propios recuerdos infantiles. Ya que tenemos una edad similar, los míos se parecen bastante a los suyos. Pero claro, yo vivía en un entorno casi rural por lo que hay notables diferencias.
Para empezar, nuestro arsenal, además de las mariposas, incluía navajas convencionales, cuchillos de varias medidas, escopetas de aire comprimido, un hacha de mano, dos destornilladores, un martillo de mecánico, una hoz rota y un formón oxidado. Manejábamos estos artilugios con gran maestría, con la cual construíamos más armamento que consistía en garrotes, espadas y escudos de madera, tirachinas y arcos de sauce que venían muy bien para nuestros juegos medievales.

No teníamos metro (obviamente) por lo cual nuestro entretenimiento consistía en saltar tapias de fincas ajenas para hurtar fruta. Cuanto más alta la tapia más mérito, y si había perro puntuaba triple. A eso hay que añadir el merodear casas abandonadas, de las cuales obteníamos nuestras oxidadas herramientas.

Practicábamos con asiduidad el truco de la cabina telefónica para mantenernos en contacto. En el campo de las máquinas recreativas, trampeábamos los billares de la única sala del pueblo. Lo que hacíamos era empujar, con el mango del taco, el pulsador de retorno de moneda. Si le dabas un golpe seco y adecuado, soltabas las bolas sin que te costase los cinco duros de la partida. Esto me proporcionó cientos de horas de billar con las que alcancé un buen dominio del juego. Dominio que hoy ya se habrá atrofiado.

Querido escritor:
Al leer este relato, entiendo que tuvistes una infancia muy feliz y espero que esa felicidad continue en tu vida.
A mi entender eras un poco macarrilla, eso o......
Ostras no tenias padres?
Lo digo por eso de que ivas por el metro tu con tu primo, nadie os controlaba lo mas mínimo.
Espero que algún día nos podamos ver y me cuentas todas esas vivencias.
Adios... Un beso.

Pues no veas si te lo montabas bien pero y ahora ¿no sigues manteniendo aquella forma de vida, ya no te cuelas en los autobuses ni juegas con la navaja?

Marauder, también me veo reflejado en algunas cosas de las que cuenta. ¿Recuerda aquellas escopetas caseras fabricadas con pinzas de la ropa y gomas de pollo? He visto verdaderas obras maestras de esos materiales que ya querría haber inventado Da Vinci.

Anonimo estaría encantado de contarte todo lo que desees, pero sin más señas no sé a que atenerme. En lo referente a lo de los padres, te diré que eran otros tiempos, haciamos verdaderas excursiones maratonianas que duraban todo el día (algún día contaré las hazañas de las hogueras de San Juan o de como pasar noches enteras durmiendo en una cabaña hecha de madera para evitar que nos la roben o quemen)

Chasky ya estoy reinsertado en la sociedad, hace poco encontré mi balisong pero la he vuelto a perder, y lo del autobus y demás transportes públicos, desde que adquirí mi primer vehiculo a los 20 ya no los he necesitado más.

Mi infancia fue más bien de las de balón, raqueta del mil pelas en el frontón y demás actividades de niño bueno. Quizá por eso ahora sea tan mojigato.

PD: Las leyendas urbanas sobre esa serie ya cansan

Sí, conocí aquellas escopetas de pinzas. Pero entre nosotros no se llevaban mucho. Nos dio más por hacer pequeños tirapiedras con el cuello de un botellín de plástico y un globo amarrado con un alambre. Eran discretos y fáciles de ocultar para llevar a la escuela.
También construíamos cerbatanas con los tubos de las antenas viejas de televisión. La versión escolar era el boli bic con proyectiles de papel mascado. Una asquerosidad. Pero para eso éramos niños.

Mis amigos y yo dejamos a todos los coches del vecindario sin insignias... eso cuenta como putadilla?

Grande post, Lebowsky!!

Que recuerdos, yo me he criado a mitad entre el pueblo y la ciudad, particularmente creo que los chicos de pueblo son más brutos, al menos nunca en mis andaduras por la city nos liamos en una "arcada" (término que implica el enfrentamiento de dos bandos a naranjazo limpio).

Lo de las navajas filipinas marcó época, si señor.

Aunque nosotros andábamos obsesionados mitad con RAMBO y mitad con LOS NINJAS. Lo cual ocasionaba que siguiesemos duros entrenamientos como combates de caña, saltos sobre acequia, misiones como entrar en la biblioteca del pueblo, y mil barrabasadas mas...

Que gratos recuerdos, en fin póngase una "X" en la casilla de post cojonudo...

Saludos

"Todas estas artimañas que hacían la vida más divertida sospecho que se han perdido, ya que la gente que las descubría, seguramente personas con poca faena y mucho tiempo libre, ya no lo emplean en hacer cosas útiles, sino que lo utilizan en hacer blogs"
Es muy buno lo que planteas en este parrafo, totalmente de acuerdo, los blog son un pasatiempo moderno.
Yo mi infancia de chico la pase la mitad en España (La Coruña) y la otra mitad hasta llegar a la adolescencia en Argentina. Recuerdo varias cosas, en la mayoría se encuentra la pelota de por medio, ahora...¿Por qué la mayoría de los chicos nos gustaba robar(por llamarlo de alguna manera)?
Saludos

En realidad, no robar...sino sacar vantaja de algo

Los de la jodida pelota ahora tenemos los tobillos hechos mierda.
Pero todo lo que ha contado, con sus distintas versiones, lo he practicado. Llamar gratis en la cabina lo hacía a través de un truco que consistía en meter una chapa de Cocacola en la ranura y no sequeostias porque nunca lo supe hacer por mí mismo.

Nadie a comentado lo de llenar botes de vidrio de bichos enormes: escolopendras, superarañas, alacranes... Hasta una vez le hicimos la autopsia a una culebrilla, yo me puse perdido porque decidí "pinchar esa bolita oscura a ver que hay". Era un riñón.

P.D. Al artefacto del globo con el cuello de botella lo denominábamos tirahuitos.

Joder que años más buenos y que bien nos lo pasabamos aunque yo al ser de madrid lo del metro como que no era igual pero por lo demás casi como tu.

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Folken y yo que temía que nadie pillara el chiste ¿no ha tenido gracia? En realidad era una mera excusa para poner el video del Farilyn.

Marauder veo que todo lo malo se pega, esos artilugios también los fabricábamos, pero las cerbatanas las hacíamos con unos tubos blancos que se vendían antes para soportar las plantas y de perchas para pajaros.

Chimp la verdad es que eso es una gran putada, y he de reconocer que también lo hice. Hace poco algún cabrón me quitó la mia de mi coche (ojo por ojo...)

Coronel es cierto, los ninjas marcaron nuestra infancia, aunque yo por llevar la contraría a uno de la banda que era un pesao (se apunto a ninjiksu y todo) me decanté por los samurais.

Guido ignoro la razón exacta, pero es cierto que cuando eres niño no te preocupa tanto lo que está bien o mal. Yo la palabra robar sólo la empleo para los políticos, para el resto lo llamo coger sin permiso.

Zzazz el deporte es malo, hace tiempo que lo vengo repitiendo. Lo de los animales tampoco se me escapó. Una vez llenamos una caja de zapatos de lagartijas y como nos teníamos que ir a comer la dejamos en el último piso de nuestro bloque, delante de la puerta de mantenimiento del ascensor. Cuando volvimos a buscarla estaba abierta y vacia. Nos fuimos corriendo y no volvimos hasta la noche para que no nos cogieran en la escena del crimen.

Pez veo que las pillerías de los chavales de esa época son iguales independientemente de la situación geográfica.

Saludos para todos.

Uf qué recuerdos!!
Yo recuerdo que eso de robar no se me daba muy bien, con 13 años tenía amigas que se pasaban el día en perfumerías y choraban todo tipo de maquillajes para luego venderlos por 4 duros.

Cuando era más pequeña, lo que me flipaba era algo menos arriesgado, era vacilar a la gente por teléfono. Recuerdo que llamábamos al típico número de información telefónica desde una cabina haciéndonos pasar por niñas pequeñas que nos habíamos perdido..muchas veces colaba.

Esto era en la ciudad, luego en el pueblo pues lo típico que han dicho de saltar muros para coger moras y salir corriendo con la bici porque nos habían pillado..

Siempre he oido lo de la máquina de refrescos pero nunca lo he conseguido!!cuál es el truco??? quiero saberlo!! ;)

Amelie bienvenida, todo lo bueno acaba perdiéndose, y lo de la máquina de refrescos no es una excepción y consiguieron arreglarlo. Consistía en apretar muy rápido alternativamente dos botones de elección de refresco y caían las dos latas.

Hay un truco un poco más bestia que sigue funcionando con los refrescos, pero hacen falta al menos dos personas:
El colega más fuerte debe inclinar unos 15º las máquina hacia adelante, el otro solo tiene que meter la mano dentro y ¡voilá! refresquillos gratis.

Por cierto, lástima que cerrasen los hipermercados SIMANGO.

¡Vaya unos sinvergüenzas estáis hechos! Unos inmorales... Si os viera el Papa os hacía rezar varios Aves Marías, por lo menos...

Mmm, yo la verdad es que no era especialmente travieso. Sólo me dedicaba a llamar desde la cabina de al lado de casa a cualquier 900 que se preciara, a darle repetidamente al botón de encender/apagar de una máquina recreativa que me daba 99 créditos gratis, a coger frutos secos y terrones de azucar de las tiendas, a... Ave María purísima...


Un blogsaludo. ;-)

Chimp, me sorprende que precisamente tú, un cinéfilo redomado, proponga esa práctica. ¿Acaso no recuerdas la escena de la máquina de refrescos de "La rebelión de las máquinas" de Stephen King? Puede parecer broma, pero desde entonces, temo meter la mano en cualquier máquina.

Dammy 99 créditos gratis!!! eso debía ser el paraíso (indistintamente de rezar el ave maría o no)

Es cierto! Había una máquina que si la apagabas y encendías muy rápido te daba partidas por el morro. Pero no eran 99 créditos. Sólo uno de cada vez. Y no dependía del videojuego, era una cuestión del modelo de la máquina. Por desgracia los dueños de los bares y cafeterías se dieron cuenta de la maniobra y las retiraron enseguida.

También había algunas que se dejaban engañar con las monedas portuguesas. No recuerdo de cuanto eran, pero sí que al cambio la partida te salía a poco más de cinco pesetas, cuando la mínima era de 25.

Curiosos recuerdos hace usted aflorar con su post, Lebowski.

Bueno, veo que aquí está toda la pandi recordando viejos tiempos, eh. Debo confesar que lo de la balisong me ha dado una envidia de muerte y es que me vendría muy bien ahora saber hacer demostraciones por el guetto. Joder, cómo iba a fardar ante los morunos.

Es una lástima porque mi infancia fue así, algo traumática, aunque la verdad que cuando iba al pueblo los "pilluelos" hacían las típicas putadicas de la cuerda entre dos árboles para que se estampara algún motorista que gracias a dios todo quedó en nada, amigos.

Yo por mi parte, a título individual, sólo robé tres libros de poesía a un down cuando no estaba su madre que era la dueña de la librería y os puedo jurar que aún me martillea la conciencia.

Un blogbesonegro.

yo hacía tambien lo de el teléfono público...me ha recordado mucho a mi juventud lo que escribes jajaja...a mi juventud juventud ..( ahora estoy en la segunda) :-P

Acabas de reventarte la plantilla. Háztelo ver

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